El Templo IV – Jerusalén VS Samaría

La presencia en tierra samaritana de peregrinos que iban a Jerusalén, renovaba viejos resentimientos religiosos entre judíos y samaritanos.
Por esto los samaritanos en su celo pernicioso no sólo rechazaron el Templo, sino que rechazaron hasta a Jesús mismo, (Lc.9.53), por que iba de peregrinación a Jerusalén.

[Lc.9.51] Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén
[Lc.9.52] y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento.
[Lc.9.53] Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.
[Lc.9.54] Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?».
[Lc.9.55] Pero él se dio vuelta y los reprendió.
[Lc.9.56] Y se fueron a otro pueblo.

 

Para poder hablar con mayor propiedad, sigamos estudiando este caso:

[Jn.4.7] Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo:
«Dame de beber».

[Jn.4.8] Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
[Jn.4.9] La samaritana le respondió:
«¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?».
Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.

En este versículo (Jn.4.9), queda meridianamente claro como era la relación entre Judíos y Samaritanos.

[Jn.4.10] Jesús le respondió:
«Si conocieras el don de Dios
y quién es el que te dice
«Dame de beber»,
tú misma se lo hubieras pedido,
y ÉL te habría dado Agua Viva».

[Jn.4.11] «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
[Jn.4.12] ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?».
[Jn.4.13] Jesús le respondió:
«El que beba de esta agua
tendrá nuevamente sed,
[Jn.4.14] pero el que beba del Agua que yo le daré,
nunca más volverá a tener sed.
El Agua que yo le daré
se convertirá en él en manantial
que brotará hasta la Vida Eterna».

[Jn.4.15] «Señor, le dijo la mujer, dame de Esa Agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla».
[Jn.4.16] Jesús le respondió:
«Ve, llama a tu marido y vuelve aquí».
[Jn.4.17] La mujer respondió:
«No tengo marido».
Jesús continuó:
«Tienes razón al decir que no tienes marido,
[Jn.4.18] porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido;
en eso has dicho la verdad».
[Jn.4.19] La mujer le dijo:
«Señor, veo que eres un profeta.
[Jn.4.20] Nuestros padres adoraron en esta montaña,
y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar».

En este último versículo (Jn.4.20) podemos ir viendo que los samaritanos no aceptaban las disposiciones divinas, sin más motivo que el personal.
Ellos se sentían identificados en su grupo, en su pueblo, con sus costumbres y hasta su templo, y rechazaban aquello que siendo parte de sus raíces, lo habían convertido en extrangero.

 

Esto es lo que hoy sigue pasando. Los protestantes tienen como ajena a la Iglesia Católica, de donde salieron, y luchan contra todo lo que les recuerde a Ella, rechazando las Disposiciones Divinas en pos de las suyas propias, por cuestiones de identidad y pertenencia de grupo, pero también por lucro mundano.
Como los samaritanos, se han forjado una identidad extrangera a la de origen, radicalmente opuesta a ella.

 

En efecto, el antagonismo entre judíos y samaritanos tiene hondas raíces en la historia de Israel (1Rey.12; 2Rey.17.24-41).

Esa oposición se acentuó en la época de la restauración judía (Esd.4), cuando fue rechazada la colaboración de los samaritanos para reconstruir el Templo.
Entonces, los samaritanos también construyeron sobre el monte Garizím un chiringuito, un templo nacional que iba a rivalizar con el de Jerusalén (de ahí el conflicto expresado por la samaritana en este versículo, Jn.4.20).

[Jn.4.21] Jesús le respondió:
«Créeme, mujer, llega la hora
en que ni en esta montaña ni en Jerusalén
se adorará al Padre.
[Jn.4.22] Ustedes adoran lo que no conocen;
nosotros adoramos lo que conocemos,
porque la salvación viene de los judíos.

La mujer tenía un conflicto interior que quería resolver:
Tenía que hacer como los Judíos o como los Samaritanos.
La respuesta de Jesús es absolutamente clara aunque ÉL no entra en polémicas de si ha de Adorarse a Dios en el Templo o en la Montaña… sino que Dice claramente, que la Salvación viene de los Judíos, y por lo tanto, no de los Samaritanos.

 

Por cierto los Samaritanos decían eufémicamente «Montaña», cuando en realidad estaban diciendo «el templo de la montaña», ese templo que no había mandado Dios a construir, ni tenía su aprobación como sí era el caso del Templo De Jerusalén.

 

Nosotros ADORAMOS lo que conocemos: Otros ni siquiera saben diferenciar Adorar, de Alabar, de Glorificar, de Venerar, de Honrar… ¿Como van a saber cuando hacen una cosa u otra, o siquiera si lo hacen?
Nótese también, que Jesús también se incluye entre los Adoradores.

 


Insisto: El parecido gemélico de este conflicto con lo que pasa hoy día entre los Católicos y los Protestantes, se debe a que no es otro, sino exactamente el mismo conflicto de entonces.

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