Me quiero morir

–Me quiero morir. 😦
–¿Por qué?
–Por que la situación es insoportable.
–¿Enserio? ¿Y no tiene solución?
–No. 😦
–Pero, para Dios no hay nada imposible.
–Pues para mí, sí. He perdido lo que era aliciente en mi vida.
–Dios puede darte nuevas motivaciones.
–Dios pasa de mí.

–No, ÉL no abandona a sus criaturas.
–Dudo que exista.
–Pues sabes, él no duda de ti.
–Obvio. Si ese Dios existe, no puede dudar de mi existencia, si es omnipresente…
–Querrás decir omnisciente.
–Pues eso… Sea lo que sea… De esas cosas no entiendo mucho.
–Tal vez tampoco quieras.
–No me llama la atención ni la filosofía, ni Dios.
–De acuerdo, pero… No reduzcamos la esperanza que Dios pone en nosotros a la cuestión existencial.
–Ahora sí que me he perdido. ¿Quieres decir lo que yo creo que quieres decir?
–¿Que crees que quiero decir?
–A decir verdad, no tengo la más remota idea. -Dice en tono burlesco-.
–¿Me vacilas? -Pregunto lo evidente-.
–¡Dios me libre! -Entiendo ironía-.

 

–¿Qué crees que Dios espera de ti? -Pregunto tras un suspiro-.
–Mhhh, ¿Nada?
–¡Insensata! ¿Que haces en este mundo?
–Sufrir. Sólo sufrir. 😦 -Dice mientras casi no puede hablar por la conmoción-.
–Vaya. Visto así, entiendo que te quieras morir.
–Adivino que ahora me vas a soltar el royo de que…
–¡Para! ¡La adivinación no es tu fuerte! 🙂 -Interrumpo-.
–Pues mira que sé echar las cartas.
–No me importa.
–Ya. A nadie. Nada. A nadie le importa nada de mi vida. -Aumenta el congojo-.

–Deja las cartas. Vuelve a la realidad: Que, ni como juego sirve para mucho. Repito mi pregunta: ¿Qué haces aquí?
–Echar las cartas a gente que está dispuesta a tragarse cualquier mentira donde poder agarrarse para sentir que su vida es un poco menos mierdosa.
–Te dedicas a mentir.
–No. Tras las cartas hay […]

Gran discurso sobre la taromagia, la adivinación, la astrología, y otras hiervas, que obviamente omito. ¡Incluso algunas invitaciones! ¡Y menos mal que le había dicho que no me importa, que si no…!

 

[…]
–Volvamos a tu vivir. ¿Por qué te quieres morir? Espera. Lo contestaré yo, a ver cuanto acierto. Te advierto que la adivinación y yo no nos llevamos bien.
–¡Oh! ¿Por qué te importa?
–Tranquila: Se me pasó el arroz para ligarte.
–Eso nadie sabe.
–Yo sí. Es voluntario.
–¿Misoginia?
–Qué va, mujer.
–¿Y bien?

En este punto, pienso en justificar mi posición, pero finalmente opto por elaborar una respuesta continuando con el asunto importante, examinando sus aseveraciones:

–Te quieres morir, por que -para ti-, la vida es un espacio de tiempo en el que nos divertimos con cosas superfluas, tarot, horóscopos, para sobrellevar los dolores que esta nos propina, que no le importan a nadie más, y si le importa a alguien es por algún interés, a saber: ¿Algún favor? ¿Llevarte a la cama?
–Bueno, no siempre hay un interés, también está el altruismo.
–¿El altruismo Es desinteresado?
–Sí. Eso creo.
–Está el voluntarismo, es decir, inflar el ego…
–También, pero…
–Luego está la imagen social, en base a la cual recibir ayudas, o simplemente status. También la aceptación en un grupo…
–Vale. Vale. Me has convencido. Está todo podrido.
–No. No todo.
–Casi todo. ¿Ahora quieres desconvencerme?
–Sigues generalizando.
–Individualizemos pues. 🙂 -Bromea. Pero yo, no-

–¿Qué haces aquí?
–Eso ya lo he oido antes.
–Pero tu respuesta aún no la he oido, ¿Por qué?
–Por que no te vale la que te he dado.
–No me gusta aceptar barco como animál de compañía. 😀 Prefiero el pulpo. -Tras un silencio que parece acusarme de introducir connotaciones sexuales, y por si ella lo interpreta así, añado, toda una metedura de pata-… A la gallega está muy bueno… ¿Te hace un polbo?
–Ja, ja, ja. Menos mal que soy Gayega, y sé que ese polbo se escribe con B. 🙂
–Menos mal. Lo pensé después y si no lo uvieras interpretado bien, ya la abría liado.
–Un poco.

[…]

–Decías, que estás aquí para sufrir. Y te voy a dar la razón.
–¡Vaya consuelo! ¡Al menos tengo razón en algo! -Se ríe con risa nerviosa, parezca que tras cada carcajada se escape una lágrima-.
–Estás aquí para sufrir, y para disfrutar; Para soportar, y para ser soportada; Para ser dañada, para dañar; Para Perdonar, para ser perdonada; Para amar, para ser amada: Pero sobre todo, para responder, pues ya has sido interpelada.
–Vaya consuelo, repito -repite-. Sufrir, que interesante… Y, ¿A qué tengo que responder?
–¡Céntrate! ¡Dios espera tu respuesta!
–Pues yo, su pregunta. O mejor no, no vaya a ser que me entre el cague si escucho alguna voz de ultratumba.

 

–¿Pero el estar aquí no te dice nada?
–¿Aquí? ¿Aquí en tu casa? Supongo que vine por que esperaba que me escucharas…
–En la Tierra, baja de las nubes, por cierto.
–No.
–Significa, que después de haber sido creada, dios te ha concedido todo este tiempo, y el que te queda, para elegir, entre el bien o el mal, amar u odiar, entre Perdonar o guardar rencor, entre ser o no ser…
–Ser o no ser… Me suena a una canción.
–Yeah, del Orosco.
–Pues yo, pido el comodín del público.
–Bien… Si eliges el de la yamada, consúltame. -Digo, resuelto a abandonar la conversación-.

[…]

–¿Qué depende de la respuesta? ¿Cómo se responde? ¿Que pasa si doy la respuesta incorrecta? -Prosigue tras un silencio- ¿Por qué callas?
–¡Chica impaciente, dame tiempo a tragar saliva al menos! De la respuesta depende: Sentir que nada vale, que esta vida es para sufrirla, que todo es negativo, la tristeza, la desesperanza… O bien, sentirte amada, feliz, con esperanzas, sentir que a alguien le importas, simplemente por ser tú… Y esto sólo en el plano emocional, que del teológico no te apetece escuchar. La respuesta se da viviéndola, y si te equivocas en la respuesta… No me digas que nunca te has equivocado. ¡Si herras, corriges, que aún tienes tiempo!

 

Ahora es ella quien calla, y yo me sigo interesando por su preocupación:

–Digistes que has perdido algo. ¿Qué has perdido?
–El tiempo. -Dice mientras echa la cabeza sobre sus brazos-.
–Estás aquí, luego ¡Aún tienes tiempo! -Digo tras esperar un rato-.

Silencio…
Silencio…
Frío silencio…

Largo tiempo en silencio, y se dirige a mi una vez más para decirme:

–Tienes muchas cosas que enseñarme, pues no sé rezar, desde la comunión, que casi no la recuerdo, no he vuelto a ir a la iglesia…
–Simplemente confía. ÉL conoce hasta tus pensamientos más secretos.
–Es difícil.
–Sí. Puede serlo ahora.
–Pero no recuerdo ni el Padre Nuestro.
–Escribe.
–Espera… busco algo donde no se me pierda… Mmhhh…

[…]
Espero.

Y después de vaciar una cantidad impresionante de artilugios sobre la mesa, que al parecer le cabía todo eso en el bolso, continuamos:

–Bien… OK… ya.
–Padre nuestro que estás en el cielo. Santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros Tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro Pan de cada día. Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación. Y líbranos del mal. Amén.
–No lo recordaba así. Vamos, que no digo que no sea así, si no que… Digo que… No me había fijado en las palabras… Bueno que, esto…, tal vez me lo hubiera sabido de carrerilla, y nunca lo pensé. Leyéndolo, ahora, tras tanto tiempo, me parece… No sé… Esto..: Muy tierno.
–Eh, son las once y media casi, y a las doce es la misa, ¡Piro! -Y añado-: ¿Vienes a decirle algo tierno?
–Bueno… esto… voy a ver, a recordar como era eso… Espérame co… ¡No corras!

Y así fue como empecé a escribir en blogs. Primero, para ella, que dijo que tenía algo que enseñarle.
Y así fue como ella volvió a La Iglesia, gran fiesta en El Cielo.

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5 comentarios sobre “Me quiero morir

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