Filosofeando sobre la intención

Perdóname Señor por que no sé lo que hago, cuando no sé lo que hago; pero perdóname Te ruego, si no quiero saber lo que hago.

Mas me cuestiono si es que no sé lo que hago o que no quiera saber lo que hago; o quizás, abuso no queriendo saber lo que hago, o peor, no queriendo saber si sé lo que hago, no vaya a ser que descubra mi deshonestidad y no pueda argumentar que no sé lo que hago.

¡Oh Dios! ¡Qué barbaridad! Pero ¿como osar a argumentarlo? Sólo por que confío, y debo confiar, y quiero confiar, mas me interesa… confiar, que tú sigues diciendo al Amorosísimo Padre: «¡Perdónales por que no saben lo que hacen!»

Y esto es prueba y motivo para confiar en tu benevolencia al juzgar: No te ofendas Mi Señor, si te ofendo sin querer, yo sé que Tú mejor que nadie me sabes comprender.

Y me vuelvo a cuestionar, ahora sobre la confianza, ¡hay Señor, Señor! ¡Señor mío y Dios mío! Recuerdo como un eco tus tan evangélicas cuanto durísimas palabras: «Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal».

Y al percatarme que las saco de contesto trato de deshacerme de ese pretexto; vuelta lúcida la razón, reflexiono volviendo a la primaria cuestión, preguntándome si soy de los que hacen el mal, pero respondiéndome a si soy de los que quieren hacer el mal o simplemente si en verdad estoy queriendo hacerlo.

No en vano. El hecho de preguntármelo ya me da una valiosísima pista: pongo en duda la intención; ergo, si la duda es sincera y no interesada, no hay una intención firme. Cuanto menos no tengo claro si quiero hacerlo, luego no lo hago con la seguridad de querer hacerlo, y por lo tanto, positivamente no quiero hacerlo… ¿que lío no?

En este punto se torna la cuestión a si la duda es sincera; que lleva cíclicamente a profundizar sobre si la duda sobre la duda lo és, y después a si la duda sobre la duda sobre la duda… eso… Ahora sí estoy en un mal lío.

Será mejor menos dudar y más confiar, y centrarme en concienciarme, arrepentirme y pedir perdón, si hago el mal, que si quiero hacerlo sólo Dios sabe. Y si yo puedo afirmar que quiero hacer el mal, eso, por sí sólo, ya es hacer el mal, si fuese cierto en sus más profundas profundidades; ¡Sólo Dios Sabe!

En cualquier caso: Nadie juzga con mayor benevolencia que Dios. Y si dudo, me acuso, que Dios me defiende hasta de mí mismo. ¡Fiat!

Dios nunca rechaza un corazón contrito.

2 comentarios sobre “Filosofeando sobre la intención

  1. Ya lo decía S. Pablo en la carta a los romanos, que hacía el mal cuando su querer era hacer el bien. Dios cuenta con que somo frágiles y a veces por muchos buenos deseos de hacer el bien, no no sale o incluso hacemos el mal, pero ahí está la misericordia de Dios que sabe de que barro estamos hechos, así que yo, por mi parte vivo mi mal con la mayor serenidad y paz posible porque Él sabe de mi debilidad por eso no me agobio argumentando mis meteduras de pata. Cuento con su comprensión y misericordia y eso me basta y me hace dormir tranquila.

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